Veo sus grandes ojos a lo lejos.
No hay duda de que son los suyos.
Sólo ellos brillan con tanta intensidad en la noche. Me embarga, además, el olor de sus cabellos.
Me dirijo hacia ella entre poblados bosques azules. Iluminado por tenaces lunas de fuego.
Los nenúfares me miran curiosos entre las cañas. Me acerco y sostengo uno entre mis dedos secos, éstos se vuelven húmedos y lánguidos.
Atraigo las hojas de otoño que permanecen quietas, plantadas en la tierra inerte. Más humedad pese a que jamás ha llovido por aquí.
Es el olor a Larema, que me envuelve y prosigo mi camino...
Un tiempo después, todo mi cuerpo es agua y toda mi alma sal. He perdido la ropa y mi cabello es un revoltijo grotesco movido por el viento. Apenas puedo continuar, sin embargo el brillo, siempre vivo de sus ojos me impide detenerme y sigo arrastrándome. He de llegar a ella y sólo una vez allí, podré descansar.
Todo es una luz. Mis ojos cegados no pueden navegar y la sal que hace rato sólo escuece las heridas. Ella está ahí, tendida sobre estrellas, perdida entre lagunas. Intenta, desesperada, defenderse de ese algo que la arrastra hasta el fango pero cae, una y otra vez cae, hasta que desfallece y comienza a ser engullida.
Se hace de noche, la sal empieza a disolverse, el agua a evaporarse y yo decido buscar mis ropas entre los restos de la batalla para comenzar mi ascenso hacia la nada...
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miércoles, 29 de diciembre de 2010
martes, 14 de septiembre de 2010
IRONÍAS DEL CARIÑO IV ( y punto y final )
Me desmaquillé una vez en casa, me puse el pijama y me metí entre las sábanas. Pero antes de cerrar los ojos y sentenciarme con aquel "qué va a ser de mí", saqué del viejo sobre alargado la carta.
No sé cuántas veces la habré leído desde que la recibiera aquel verano de 1996. Ya entonces me conmocionó por su franqueza. En cada una de las espaciadas lecturas me ha ido produciendo diferentes (algunas completamente opuestas) reacciones y esta noche en concreto me pareció que había sido redactada por la única persona que realmente me había comprendido en toda mi vida. La única capaz de desenmarañar este extraño y oscuro mundo interior.
Supongo que por esa razón permanecí a su lado aquellos intensísimos siete años, recibiendo, exprimiendo, como ese fantasmagórico e impasible pozo sin fondo que soy. Hasta que no pudo darme nada más, cuando aquel héroe espléndido que un día brilló tanto, dejó de hacerlo.
Recuerdo sus palabras, esas patéticas estrategias para que regresáramos. Los ojos rogantes mientras yo creía comerme el mundo ese que emergía ante mí en solitario.
Como si escuchase de nuevo, porque el sonido lo tengo registrado con absoluta nitidez. Aquellas enormes tijeras cortando de un solo tajo la línea roja de mi vida. Veo los dos extremos cayendo lánguidos y a mí abriéndome paso, henchida de ganas y proyectos. Gabriel se me había quedado pequeño..
Cómo haberme imaginado todo lo que vendría después, qué lástima mirar atrás y no poder rectificar, cambiar los acontecimientos..cómo haber intuido, adivinado que no, que no había nada sin él, que todo lo único construido con un cierto orden y sentido se quedaba, indefinidamente, atado a su persona..
Gabriel había soportado y convivido con esa mariposa oscura que llevo pegada a mi ser, había sido capaz de acercarse hasta ella, hasta las llagas reales de mi existencia, hasta las ficticias, capaz de navegar en mis mareas, de acariciarme en las tormentas, de quererme las entrañas..
David se parecía mucho a él, hasta en el punto de locura pero no tuvo tanta fortaleza y acabó perdiéndose en el camino, con la vida hecha pedazos, exprimido por mi inigualable e insaciable necesidad de amor. Sé que se consume de dolor, sé en qué lo he convertido y me siento como debe sentirse el asesino reincidente cuando la situación vuelve a írsele de las manos y se encuentra, tarde ya, con el cuerpo de la víctima yaciendo entre los brazos. ¿Qué justificación puede uno dar cuando todo vuelve a repetirse pese a que nunca quiso que las cosas acabasen de ese trágico modo?
No hay nada que decir y por eso Larema se queda fija en el asiento del coche mientras David conduce camino al parking. Y no importa de quien es la voz acusadora en esta ocasión, el mensaje es el mismo. El cadáver yace y Larema sólo quiere que acabe el trayecto para subir a su Rover y poner camino a casa, para poder desmaquillarse mientras se contempla en el espejo, para desvestirse lentamente y meterse entre las sábanas. Para cerrar por fin los ojos y hacer, de nuevo, como si no pasase nada.
No sé cuántas veces la habré leído desde que la recibiera aquel verano de 1996. Ya entonces me conmocionó por su franqueza. En cada una de las espaciadas lecturas me ha ido produciendo diferentes (algunas completamente opuestas) reacciones y esta noche en concreto me pareció que había sido redactada por la única persona que realmente me había comprendido en toda mi vida. La única capaz de desenmarañar este extraño y oscuro mundo interior.
Supongo que por esa razón permanecí a su lado aquellos intensísimos siete años, recibiendo, exprimiendo, como ese fantasmagórico e impasible pozo sin fondo que soy. Hasta que no pudo darme nada más, cuando aquel héroe espléndido que un día brilló tanto, dejó de hacerlo.
Recuerdo sus palabras, esas patéticas estrategias para que regresáramos. Los ojos rogantes mientras yo creía comerme el mundo ese que emergía ante mí en solitario.
Como si escuchase de nuevo, porque el sonido lo tengo registrado con absoluta nitidez. Aquellas enormes tijeras cortando de un solo tajo la línea roja de mi vida. Veo los dos extremos cayendo lánguidos y a mí abriéndome paso, henchida de ganas y proyectos. Gabriel se me había quedado pequeño..
Cómo haberme imaginado todo lo que vendría después, qué lástima mirar atrás y no poder rectificar, cambiar los acontecimientos..cómo haber intuido, adivinado que no, que no había nada sin él, que todo lo único construido con un cierto orden y sentido se quedaba, indefinidamente, atado a su persona..
Gabriel había soportado y convivido con esa mariposa oscura que llevo pegada a mi ser, había sido capaz de acercarse hasta ella, hasta las llagas reales de mi existencia, hasta las ficticias, capaz de navegar en mis mareas, de acariciarme en las tormentas, de quererme las entrañas..
David se parecía mucho a él, hasta en el punto de locura pero no tuvo tanta fortaleza y acabó perdiéndose en el camino, con la vida hecha pedazos, exprimido por mi inigualable e insaciable necesidad de amor. Sé que se consume de dolor, sé en qué lo he convertido y me siento como debe sentirse el asesino reincidente cuando la situación vuelve a írsele de las manos y se encuentra, tarde ya, con el cuerpo de la víctima yaciendo entre los brazos. ¿Qué justificación puede uno dar cuando todo vuelve a repetirse pese a que nunca quiso que las cosas acabasen de ese trágico modo?
No hay nada que decir y por eso Larema se queda fija en el asiento del coche mientras David conduce camino al parking. Y no importa de quien es la voz acusadora en esta ocasión, el mensaje es el mismo. El cadáver yace y Larema sólo quiere que acabe el trayecto para subir a su Rover y poner camino a casa, para poder desmaquillarse mientras se contempla en el espejo, para desvestirse lentamente y meterse entre las sábanas. Para cerrar por fin los ojos y hacer, de nuevo, como si no pasase nada.
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